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Cultivar el Sentido del Movimiento: Aprender de las Sensaciones
Resumimos aquí puntos principales de los cuatro textos precedentes donde se ha elaborado sobre como la observación y exploración de los micro- y macro movimientos de nuestro funcionamiento interno y externo es una vía directa hacia el auto-conocimiento y el afinamiento de nuestra capacidad de adaptación a los múltiples desafíos de la vida cotidiana. Efectivamente, desde los años sesenta se ha demostrado que podemos modificar concientemente numerosas funciones previamente consideradas ‘autónomas’ o involuntarias tales la presión arterial, la temperatura, la sudación, el tono muscular, la respiración, entre otras. Estar presente y discriminar las sensaciones del funcionamiento interno del cuerpo, sin juzgarlas, nos sensibiliza a la calidad de nuestros movimientos—si nos movemos sin esfuerzo o tensiones, con ligereza, fluidez y coordinación, con disfrute y placer; logramos también identificar y modificar hábitos ya no tan útiles y de los que tenemos poca conciencia. Un diminuto pero constante levantar de hombros o de la cabeza, un leve giro de cadera, tensión innecesaria en la mandíbula, o la manera de agarrar y apoyarnos con las manos y pies, pueden tener incidencias dolorosas que podemos evitar y modificar una vez que los identificamos.
Estados de calma, neutralidad y armonía propician el sentir nuestro interior. Acostados podemos centrar nuestra atención en las sensaciones de la piel, el órgano sensorial más extenso, nuestro cerebro externo con una extensa red de fibras nerviosas que comunica todas las partes del interior y el exterior del cuerpo. Estimular la piel con movimientos propios reactiva la sensación de unidad y totalidad del ser. Rodando lentamente podemos sentir su ‘movilidad’, como se ‘estira y encoje’ o se ‘condensa y expande’ en respuesta a la necesidad de adherirse o separarse de la superficie de contacto. Moverse sintiendo la forma tubular del torso y las extremidades, estimula nuestra capacidad ancestral de movernos como amebas, estrellas de mar, pulpos, gusanos y otros seres que sobreviven gracias a su sensibilidad táctil.
Estimular la piel facilita sentir la forma y organización del cuerpo, la relación entre el centro y las extremidades. Las vísceras o los intestinos, además de garantizar la sobreviencia vegetativa, son el centro del peso corporal, el anclaje del cuerpo con la tierra y el apoyo primordial de todo movimiento a través de su volumen o tridimensionalidad. Dificultades en el manejo del ‘estrés’ cotidiano se reflejan a menudo en disfunciones de éstos órganos digestivos, cuyo funcionamiento depende principalmente de la rama del sistema nervioso responsable de las funciones automáticas de activación y reposo. Sus movimientos de bombeo o ‘peristálticos’ mueven lo que comemos y sentirlos y manifestarlos facilita sus funciones de transporte, asimilación y eliminación. Estimular y armonizar concientemente los movimientos de bombeo de las vísceras clarifica nuestra conexión con la tierra y nos permite equilibrar sus funciones.
Al estimular la piel y estar presentes al las sensaciones del peso y volumen despertamos también la sensación de unidad del cuerpo y por consecuencia esas áreas ‘dormidas’ que limitan una plena movilidad. El cambiar de orientación de muchas maneras--al mecerse, colgar, variar de niveles, caer, tomar diferentes posturas activa numerosos reflejos posturales y respuestas automáticas de adaptación a la fuerza de Gravedad terrestre. Al ceder nuestro peso a las superficies de apoyo identificamos el empuje de la Gravedad y las respuestas automáticas del cuerpo. Rodar lentamente en diversas superficies, derritiéndose, arrastrándose, reptando como estrellas de mar, gusanos y culebras, son algunas de las maneras de aumentar la sensibilidad táctil esencial a un funcionamiento global equilibrado.
Acostados, o en cualquier posición, podemos simplemente estar atentos a lo que sentimos, pausar entre movimientos, observarnos sin juzgar, movernos lentamente, con mínimo esfuerzo, explorar diferentes superficies de contacto, rendirnos y dejarnos guiar por el flujo de las sensaciones mismas que constituyen el asombroso funcionamiento de nuestro cuerpo-mente-espíritu.
